domingo, 21 de agosto de 2016

Uno de mis breves textos.


Corro. Lo más rápido que me permiten estas piernas atrofiadas, cansadas y maltratadas, estas piernas que crujen a cada paso que retrocedo. ¿Retrocedo? Eso creo. Huir nunca fue caminar hacia delante, o al menos eso se encargaron de decirme constantemente. Demasiadas normas morales introdujeron en mi limitada cabeza, demasiadas verdades absolutas e innegables que debía aceptar sin posibilidad de ponerlas en duda. Me empieza a doler la cabeza y las piernas no me aguantan. Quizá tropiece o, si tengo suerte, libere adrenalina y deje de sentir estas malditas piernas que quedaron tan destrozadas, pero al menos podría continuar corriendo.

Seguramente nadie sepa el motivo de mi carrera, pero tampoco esperaba que se enteraran de que abandoné todo, simplemente pretendía huir de todo aquello. Ahora me encuentro con una de esas verdades absolutas que incrustaron en mi mente: “no se puede huir del pasado”. El problema es que en mi rebeldía quise ponerlo en duda y me encuentro ahora en esta situación. Ahora no puedo parar de correr porque me vería consumido por todo lo sucedido, pero si sigo corriendo quizá me destroce a mí mismo por un intento de liberarme de todo aquello y no logre lo que pretendo.

¡Mierda! Un dolor punzante en la cabeza que se repite constantemente me impide seguir concentrado para no caerme. Un esfuerzo más, puedo hacerlo. Puedo conseguir dejar todo aquello atrás, tantos días de lágrimas, soportar gritos, mostrarme indiferente para intentar ser invisible ante los ojos de los demás,… No, definitivamente no es una cuestión de poder, es una cuestión de deber. El problema es que las etiquetas que cargo a la espalda también son pesadas. “El empollón”, “el enchufado”, “el favorito”, “el consentido”, “el raro”, “el mal hijo”, “el antisocial”, “el maricón”, “el borde”, “el manipulador” y muchas, muchas más etiquetas. No sabría distinguir entre las que pueden ser ciertas y las que no, entraron en mi cabeza junto a la doctrina que se encargaron que recibiera.

Oigo voces. ¿Me estarán buscando? ¿Estarán preocupados por mí o querrán que vuelva para no alterar su mundo? Seguramente si vuelvo sería un egoísta por haberme ido sin pensar en lo que supondría para ellos, porque descolocaría su mundo. A fin de cuentas yo nunca tuve alas para poder volar del nido, en su lugar crecí con cadenas y atado a la realidad que otros diseñan. Siempre guiado por amenazas escondidas en condicionantes para obedecer a sus pretensiones. Se olvidaban de que yo también tenía sentimientos, pero supieron recordarme que yo hería los suyos con mi lengua afilada con mentiras. No sé hasta qué punto es verdad todo lo que me dijeron, ni siquiera sé si hice bien en escapar del pasado. Tenía la necesidad, o quizá el deber, de hacer por primera vez lo que realmente me haría feliz.

El suelo es cálido. Las hojas secas pudieron amortiguar mi caída y tapar, con su propio crujir típico de las hojas de otoño, el sonido que produjeron mis piernas al rendirse. Lloran. Tiemblan. Me piden perdón, las oigo. Sienten no poder alejarme más de aquel lugar. Tranquilas, no sufráis más, habéis hecho lo que pudisteis. Yo os ordené, desde el egoísmo tan grande que comentan que poseo, que corrierais lo más rápido que pudieseis a sabiendas de vuestro ya mal estado. Obedecisteis ciegamente, sin haberos prometido nada a cambio. Eso me recuerda a mí, soportando todo aquello mientras bajaba la cabeza, aceptaba lo que venía sobre mí para evitar un mal mayor, reía las perversidades de algunos con tal de no ser yo la víctima e incluso sonreía cuando más me consumía la ira o la tristeza. Nadie me prometía nada a cambio de lo que hacía, pero era consciente de que abandonar mi papel en aquella obra llamada vida implicaba caer más bajo de donde estoy ahora.

Las voces se alejan y el dolor de mi cabeza les acompaña. Qué ironía, parece que solo y en medio de la nada puedo encontrar más paz y tranquilidad. Y para mi sorpresa, incluso más calor. Las hojas que me rodean parecen simular uno de aquellos abrazos que tanto deseé y nunca tuve. Algo tan cálido aportado por algo que ya está muerto. Puede que sea una llamada del más allá, a lo mejor alguien de verdad me quiere desde aquel otro lugar. Para mí dijeron que sería el infierno, por los actos tal malvados y la moral tan corrompía que escondía en mi ser. Que tras esta apariencia angelical yo era el mismísimo diablo, pues no podía amar y sólo sabía manejar hilos de palabras melosas que encandilan a la gente.

Ahora, en este estado tan deplorable y quedando abandonado de lo que fuera que me perseguía, me atreveré a poner en duda a la persona que decían que yo era. Pues creo haber podido amar, pero no recibir ese amor de vuelta y por tanto crear una fuga en mi corazón. Creo haberme esforzado por quienes se hacían llamar mis amigos, pero no ver que sólo alimentaba una relación de parasitismo donde yo era el alimento. Creo haberme mostrado a disposición de todo el que necesitara de mí, pero haber sido malinterpretado por las etiquetas que vestía.

Un extraño sentimiento recorre mi cuerpo desde los dedos de los pies, los cuales los daba por perdidos, hasta los últimos pelos de la cabeza. Un hormigueo conductor de vida atravesando mi ser para quitarme tan pesada carga que cualquiera llamaría remordimiento. ¿Esto es lo que se siente al huir del pasado? ¿Es una victoria o me ha concedido un descanso? En cualquier caso, poco puedo hacer tumbado en medio de la nada. Se acercará mi fin, la última parada de este viaje llamado vida. Pero no me rindo, compraré un nuevo billete cada vez que termine mutilado y abandonado en medio de la nada. No voy a terminar así, lograré que se me recuerde por romper aquellas verdades que parecían tan absolutas. Lo conseguiré tal y como ahora he podido superar el pasado. Pero irremediablemente tendrá que ser en un nuevo tren. En una nueva vida…

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