Corro. Lo más rápido que me
permiten estas piernas atrofiadas, cansadas y maltratadas, estas piernas que
crujen a cada paso que retrocedo. ¿Retrocedo? Eso creo. Huir nunca fue caminar
hacia delante, o al menos eso se encargaron de decirme constantemente. Demasiadas
normas morales introdujeron en mi limitada cabeza, demasiadas verdades
absolutas e innegables que debía aceptar sin posibilidad de ponerlas en duda.
Me empieza a doler la cabeza y las piernas no me aguantan. Quizá tropiece o, si
tengo suerte, libere adrenalina y deje de sentir estas malditas piernas que
quedaron tan destrozadas, pero al menos podría continuar corriendo.
Seguramente nadie sepa el motivo
de mi carrera, pero tampoco esperaba que se enteraran de que abandoné todo,
simplemente pretendía huir de todo aquello. Ahora me encuentro con una de esas
verdades absolutas que incrustaron en mi mente: “no se puede huir del pasado”.
El problema es que en mi rebeldía quise ponerlo en duda y me encuentro ahora en
esta situación. Ahora no puedo parar de correr porque me vería consumido por
todo lo sucedido, pero si sigo corriendo quizá me destroce a mí mismo por un
intento de liberarme de todo aquello y no logre lo que pretendo.
¡Mierda! Un dolor punzante en la
cabeza que se repite constantemente me impide seguir concentrado para no
caerme. Un esfuerzo más, puedo hacerlo. Puedo conseguir dejar todo aquello
atrás, tantos días de lágrimas, soportar gritos, mostrarme indiferente para
intentar ser invisible ante los ojos de los demás,… No, definitivamente no es
una cuestión de poder, es una cuestión de deber. El problema es que las
etiquetas que cargo a la espalda también son pesadas. “El empollón”, “el
enchufado”, “el favorito”, “el consentido”, “el raro”, “el mal hijo”, “el
antisocial”, “el maricón”, “el borde”, “el manipulador” y muchas, muchas más
etiquetas. No sabría distinguir entre las que pueden ser ciertas y las que no,
entraron en mi cabeza junto a la doctrina que se encargaron que recibiera.
Oigo voces. ¿Me estarán buscando?
¿Estarán preocupados por mí o querrán que vuelva para no alterar su mundo?
Seguramente si vuelvo sería un egoísta por haberme ido sin pensar en lo que
supondría para ellos, porque descolocaría su mundo. A fin de cuentas yo nunca
tuve alas para poder volar del nido, en su lugar crecí con cadenas y atado a la
realidad que otros diseñan. Siempre guiado por amenazas escondidas en
condicionantes para obedecer a sus pretensiones. Se olvidaban de que yo también
tenía sentimientos, pero supieron recordarme que yo hería los suyos con mi lengua
afilada con mentiras. No sé hasta qué punto es verdad todo lo que me dijeron,
ni siquiera sé si hice bien en escapar del pasado. Tenía la necesidad, o quizá
el deber, de hacer por primera vez lo que realmente me haría feliz.
El suelo es cálido. Las hojas
secas pudieron amortiguar mi caída y tapar, con su propio crujir típico de las
hojas de otoño, el sonido que produjeron mis piernas al rendirse. Lloran.
Tiemblan. Me piden perdón, las oigo. Sienten no poder alejarme más de aquel
lugar. Tranquilas, no sufráis más, habéis hecho lo que pudisteis. Yo os ordené,
desde el egoísmo tan grande que comentan que poseo, que corrierais lo más
rápido que pudieseis a sabiendas de vuestro ya mal estado. Obedecisteis
ciegamente, sin haberos prometido nada a cambio. Eso me recuerda a mí,
soportando todo aquello mientras bajaba la cabeza, aceptaba lo que venía sobre
mí para evitar un mal mayor, reía las perversidades de algunos con tal de no
ser yo la víctima e incluso sonreía cuando más me consumía la ira o la tristeza.
Nadie me prometía nada a cambio de lo que hacía, pero era consciente de que
abandonar mi papel en aquella obra llamada vida implicaba caer más bajo de
donde estoy ahora.
Las voces se alejan y el dolor de
mi cabeza les acompaña. Qué ironía, parece que solo y en medio de la nada puedo
encontrar más paz y tranquilidad. Y para mi sorpresa, incluso más calor. Las
hojas que me rodean parecen simular uno de aquellos abrazos que tanto deseé y
nunca tuve. Algo tan cálido aportado por algo que ya está muerto. Puede que sea
una llamada del más allá, a lo mejor alguien de verdad me quiere desde aquel
otro lugar. Para mí dijeron que sería el infierno, por los actos tal malvados y
la moral tan corrompía que escondía en mi ser. Que tras esta apariencia
angelical yo era el mismísimo diablo, pues no podía amar y sólo sabía manejar
hilos de palabras melosas que encandilan a la gente.
Ahora, en este estado tan
deplorable y quedando abandonado de lo que fuera que me perseguía, me atreveré
a poner en duda a la persona que decían que yo era. Pues creo haber podido
amar, pero no recibir ese amor de vuelta y por tanto crear una fuga en mi
corazón. Creo haberme esforzado por quienes se hacían llamar mis amigos, pero
no ver que sólo alimentaba una relación de parasitismo donde yo era el
alimento. Creo haberme mostrado a disposición de todo el que necesitara de mí,
pero haber sido malinterpretado por las etiquetas que vestía.
Un extraño sentimiento recorre mi
cuerpo desde los dedos de los pies, los cuales los daba por perdidos, hasta los
últimos pelos de la cabeza. Un hormigueo conductor de vida atravesando mi ser
para quitarme tan pesada carga que cualquiera llamaría remordimiento. ¿Esto es
lo que se siente al huir del pasado? ¿Es una victoria o me ha concedido un
descanso? En cualquier caso, poco puedo hacer tumbado en medio de la nada. Se
acercará mi fin, la última parada de este viaje llamado vida. Pero no me rindo,
compraré un nuevo billete cada vez que termine mutilado y abandonado en medio
de la nada. No voy a terminar así, lograré que se me recuerde por romper
aquellas verdades que parecían tan absolutas. Lo conseguiré tal y como ahora he
podido superar el pasado. Pero irremediablemente tendrá que ser en un nuevo
tren. En una nueva vida…
No hay comentarios:
Publicar un comentario