¿Qué hora será? Ya es demasiado tarde para seguir despierto,
pero la luz de la mesita está aún encendida. Quiero continuar durmiendo, pero
algo parece haber roto mi frágil descanso.
-Oye, amor, ¿sigues con el teléfono? Son ya las seis de la
mañana, tendrás que descansar un poco o algo… -Le pregunto, aún con los ojos
cerrados.
-Sí. Pero termino dentro de poco, tú descansa. -Me acaricia
el pelo mientras sigue sumergido en la pantalla de su teléfono.
Me giro para ponerme bocarriba y entreabro muy ligeramente los
ojos. -¿Podrías darme otro beso? El de “buenas noches” se me ha gastado. Además
me he despertado y necesito otro para volverme a dormir.
Sin decir nada, se inclina levemente y funde sus labios con
los míos. Quizá a estas horas de la mañana le interese más el teléfono, pero lo
que no puedo negar es que siempre besa con la misma pasión. Me vuelvo a girar
para dormirme y siento cómo me arropa con la sábana. Pronto el sueño acabaría
arrastrándome a mundos alejados de la realidad que al despertar no recordaría.
No sé cómo lo consigue que siempre que dormimos juntos nos
levantamos para comer. Obviamente, yo me despierto siempre antes, porque el
teléfono consigue que se acueste más tarde que yo. Por otro lado, sin dormir a
su lado duermo peor, ya lo tengo comprobado; descanso mejor en su cama, con su
olor, sabiendo que está a mi lado y abrazándole siempre que puedo, a pesar de
que no se entere porque el sueño le rapte.
-Mi amor, despierta. Es hora ya de comer. -Rodeándole con el
brazo, le mezo suavemente para intentar despertarle.
-Mmm… Dame una horita más. Prometo que me levanto en una
hora. -Se arropa con las sábanas para que no le moleste.
Le beso la nuca y deslizo lentamente la mano bajo la camiseta,
notando sus abdominales. Al instante no puedo evitar pensar en lo que sucedió
anoche; otro concierto de perfecta armonía que comenzó con un “¿pero tú no
estabas cansado?”, continuó con un “para ti siempre tengo tiempo y energía” y
terminó con un “no se lo cuentes a nadie, pero creo que te quiero demasiado”.
Vuelven a mi mente todos aquellos besos, tanto tímidos como lascivos que, con
algún mordisco, liberaban sutiles gemidos que eclipsaría el colchón. Una mano
traviesa, que sólo él podrá decir a dónde iba, consiguió estirarle a la vez que
cerraba los puños agarrando el cabecero de la cama y aguantaba, a duras penas,
que el labio inferior se liberara de la prisión de sus dientes al intentar
invadirle con algo más que la lengua. Ni mi cuello acribillado ni sus
extenuadas piernas sería una muestra suficiente de lo que pasó aquella noche.
-A ver, yo por mí te dejaría dormir hasta que estuvieses
totalmente descansado, pero entiende que tampoco puedo dejar que te saltes más
comidas a parte del desayuno… -Le susurro mientras me aguanto las ganas de
continuar más allá de donde ya tengo la mano.
-Bueno, pues dame diez minutitos más. -Se gira para ponerse
de cara a mí, pero sin abrir los ojos.
Mi mano ya queda en su espalda, así que tiro de él para
acercarle y le beso. -Dormiremos diez minutos más juntos.
Como no podía ser de otro modo, los diez minutos se
volvieron varios diez minutos. El cansancio vencería sobre el hambre, ayudado
por el calor que se perdería al abandonar la protección de las sábanas y el
roce de la piel. Pero estando con él, que ya íbamos en contra de las normas de
una parte de la sociedad; que ya rompíamos, con nuestro capricho de querernos,
el futuro de nuestros apellidos; que ya poníamos en riesgo nuestras vidas si
decidíamos viajar a ciertos países del mundo por querer compartir nuestras
vidas… ¿Qué más daba romper una vez más los esquemas del tiempo y retrasar una
simple comida para permitirle dormir un rato más? A fin de cuentas, en este
lecho somos libres de inquisiciones y dueños de una utópica libertad, inocentes
espíritus entrelazados por el más potente de los sentimientos.