martes, 14 de febrero de 2017

Especial San Valentín


¿Qué hora será? Ya es demasiado tarde para seguir despierto, pero la luz de la mesita está aún encendida. Quiero continuar durmiendo, pero algo parece haber roto mi frágil descanso.

-Oye, amor, ¿sigues con el teléfono? Son ya las seis de la mañana, tendrás que descansar un poco o algo… -Le pregunto, aún con los ojos cerrados.

-Sí. Pero termino dentro de poco, tú descansa. -Me acaricia el pelo mientras sigue sumergido en la pantalla de su teléfono.

Me giro para ponerme bocarriba y entreabro muy ligeramente los ojos. -¿Podrías darme otro beso? El de “buenas noches” se me ha gastado. Además me he despertado y necesito otro para volverme a dormir.

Sin decir nada, se inclina levemente y funde sus labios con los míos. Quizá a estas horas de la mañana le interese más el teléfono, pero lo que no puedo negar es que siempre besa con la misma pasión. Me vuelvo a girar para dormirme y siento cómo me arropa con la sábana. Pronto el sueño acabaría arrastrándome a mundos alejados de la realidad que al despertar no recordaría.



No sé cómo lo consigue que siempre que dormimos juntos nos levantamos para comer. Obviamente, yo me despierto siempre antes, porque el teléfono consigue que se acueste más tarde que yo. Por otro lado, sin dormir a su lado duermo peor, ya lo tengo comprobado; descanso mejor en su cama, con su olor, sabiendo que está a mi lado y abrazándole siempre que puedo, a pesar de que no se entere porque el sueño le rapte.

-Mi amor, despierta. Es hora ya de comer. -Rodeándole con el brazo, le mezo suavemente para intentar despertarle.

-Mmm… Dame una horita más. Prometo que me levanto en una hora. -Se arropa con las sábanas para que no le moleste.

Le beso la nuca y deslizo lentamente la mano bajo la camiseta, notando sus abdominales. Al instante no puedo evitar pensar en lo que sucedió anoche; otro concierto de perfecta armonía que comenzó con un “¿pero tú no estabas cansado?”, continuó con un “para ti siempre tengo tiempo y energía” y terminó con un “no se lo cuentes a nadie, pero creo que te quiero demasiado”. Vuelven a mi mente todos aquellos besos, tanto tímidos como lascivos que, con algún mordisco, liberaban sutiles gemidos que eclipsaría el colchón. Una mano traviesa, que sólo él podrá decir a dónde iba, consiguió estirarle a la vez que cerraba los puños agarrando el cabecero de la cama y aguantaba, a duras penas, que el labio inferior se liberara de la prisión de sus dientes al intentar invadirle con algo más que la lengua. Ni mi cuello acribillado ni sus extenuadas piernas sería una muestra suficiente de lo que pasó aquella noche.

-A ver, yo por mí te dejaría dormir hasta que estuvieses totalmente descansado, pero entiende que tampoco puedo dejar que te saltes más comidas a parte del desayuno… -Le susurro mientras me aguanto las ganas de continuar más allá de donde ya tengo la mano.

-Bueno, pues dame diez minutitos más. -Se gira para ponerse de cara a mí, pero sin abrir los ojos.

Mi mano ya queda en su espalda, así que tiro de él para acercarle y le beso. -Dormiremos diez minutos más juntos.



Como no podía ser de otro modo, los diez minutos se volvieron varios diez minutos. El cansancio vencería sobre el hambre, ayudado por el calor que se perdería al abandonar la protección de las sábanas y el roce de la piel. Pero estando con él, que ya íbamos en contra de las normas de una parte de la sociedad; que ya rompíamos, con nuestro capricho de querernos, el futuro de nuestros apellidos; que ya poníamos en riesgo nuestras vidas si decidíamos viajar a ciertos países del mundo por querer compartir nuestras vidas… ¿Qué más daba romper una vez más los esquemas del tiempo y retrasar una simple comida para permitirle dormir un rato más? A fin de cuentas, en este lecho somos libres de inquisiciones y dueños de una utópica libertad, inocentes espíritus entrelazados por el más potente de los sentimientos.